LA FILOSOFÍA DE UNA BODEGA

En los últimos años hemos asistido a una eclosión espectacular del mundo del vino. Las bodegas se han adaptado a un consumidor más exigente, el cual se considera a sí mismo como un connoisseur. Y claro, han a tenido que defender su proyecto para redondear el contenido de su botella.

No sólo quieren beber el vino, sino que piden que nos «explique» algo. El vino es un ser vivo, y tiene una propia historia que se refleja cuando el consumen. Esta historia habla de las vicisitudes de su añada, del talante del enólogo que detrás, de la tierra de la que ha surgido.

De alguna manera, la poesía del vino es el resultado de esta historia. Aunque sólo es una bebida, la rodeamos de unas expectativas que hace que sea diferente, nos condicionamos a disfrutar más de una copa cuando sabemos que nos tiene que decir muchas cosas.

A los diferentes webs te encuentras una sección que es «Filosofía de la bodega» que más de una vez me ha sorprendido, porque confunden las diferentes definiciones de filosofía. Pero también me ha ayudado a comprender el vino y, cuando la he bebido, he tenido en cuenta lo que había leído por captar al resultado final aquella intención inicial que el enólogo ha desarrollado para hacer su vino.

Al Diccionario de uso del español de María Moliner hay una acepción de la palabra «filosofía», que no se encuentra en todos los diccionarios, que es: «intenciones con la que se Hace algo».

Para mí, este sentido de la palabra filosofía recoge perfectamente el uso de esta palabra cuando hablamos de la filosofía de una bodega.

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